Soy una mujer soltera de 35… andaba buscando galán, hasta que un día casi no la cuento…

Hola a todos.

Me llamo Elena, tengo 35 años.

Soy una mujer de tez blanca, buena genética —gracias a mi madre— y siempre me ha gustado arreglarme. Vestidos cortos y lisos, labios color carmín, el cabello largo hasta la cadera. En la mano, casi siempre un cigarrillo. Mal hábito… pero ya es parte de mí.

Desde joven me gustó la fiesta.

Salir, distraerme, sentir que algo podía pasar.

Esa semana inauguraban un bar nuevo en mi ciudad.

Mis amigas me dijeron que sería grande: grupos en vivo, zona VIP, gente “bien”. Compré un vestido negro ajustado y unos tacones altos. Quería que me miraran.

Y lo hicieron.

El lugar estaba lleno. Música fuerte, luces, risas.

Varios hombres me invitaron a bailar. Ninguno me convencía.

Hasta que lo vi.

Alto, casi 1.90. Espalda ancha. Camisa oscura, sin marcas. No estaba bailando. Estaba observando.

Se acercó sin demasiada sonrisa.

—¿Bailas?

Acepté.

En la barra pidió whisky para ambos, sin preguntarme qué quería.

Asumió. Y no me molestó.

Mientras hablábamos noté algo raro.

Los meseros lo atendían sin hacerlo esperar.

Los de seguridad lo saludaban con respeto discreto.

Y algunos hombres, desde lejos, no dejaban de mirarnos.

Y nadie más volvió a invitarme a bailar.

—Parece que nos están evitando —le dije.

Sonrió apenas.

—Porque somos diferentes, Elena. Disfruta el momento… las fiestas buenas terminan pronto.

Seguimos bailando.

—¿A qué te dedicas, galán? —pregunté.

Se quedó callado unos segundos.

—Hago cosas que no cualquiera hace. No es para presumir… es porque hace años dejé de tener opciones.

Lo miré diferente.

—Mi padre murió por no tener dinero para unas pastillas —continuó—. Ese día entendí que la vida no tiene misericordia. Y decidí no volver a pedirla.

No lo dijo con orgullo.

Lo dijo con frialdad.

Sentí algo extraño.

Miedo… pero también una calma rara.

—¿Crees en Dios? —le pregunté.

—Sí. Y no lo culpo de lo que soy. Yo elegí mis caminos.

Luego me miró fijo.

—Escucha algo, Elena… no te dejes de la vida. La vida no tiene compasión. Si te tumba, te deja ahí. Así que levántate sola. Nadie va a venir a rescatarte.

No lo dijo fuerte.

Lo dijo tranquilo.

Como quien ya lo aprendió a golpes.

Me quedé pensando en esa frase.

En eso, uno de sus hombres se acercó y le habló al oído.

No escuché qué dijo.

Pero le cambió la expresión.

No fue miedo.

Fue decisión.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí… pero me tengo que ir.

Sentí el ambiente distinto.

Me miró fijo.

—La verdad me gustas mucho, Elena. Pero no voy a echar a perder una flor como tú. A ti te espera un buen hombre. Yo no sé ser bueno.

Bajó la voz.

—Van a venir hombres del gobierno. Vete de aquí. Y si te preguntan con quién estabas, diles que con un extraño. No digas nada más. ¿Entiendes?

Asentí.

Antes de levantarse me preguntó:

—¿Qué prefieres… caminar por la derecha o por la mala?

—La derecha —respondí.

Sonrió.

—Es correcto.

Sacó una pequeña bolsa y la puso en mi mano.

—Cómprate algo que te quede bien. Y no te busques problemas, mija.

—¿Te volveré a ver?

—No.

Se fue sin despedidas largas.

Yo me quedé ahí, con la música todavía sonando.

Diez minutos después, el lugar se llenó de hombres uniformados.

Marina.

Evacuaron todo sin explicar nada.

Yo ya iba saliendo.

Cuando llegué a casa, abrí la bolsa.

Había dólares.

No era una fortuna.

Era suficiente para entender que el mundo en el que él caminaba no era un juego.

Esa noche no hubo disparos.

No hubo espectáculo.

Solo una frase que no se me olvidó:

“Nadie va a venir a rescatarte.”

Y entendí que tenía razón.

Desde ese día dejé de salir buscando que me miraran.

Aprendí a caminar por la derecha.

Porque ya había estado demasiado cerca del fuego.

Gracias por leerme.

Anécdotas Inquietas.

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